16 de septiembre de 2006

Miedo a la Memoria

Lágrimas, hambre, sangre, miedo, destrucción, miseria, humillación. Pasión, valentía, cobardía, ingenuidad, traición, solidaridad, amistad, exilio, refugio. Vida y muerte. Niños, ancianos, mujeres y hombres. Abuelos, padres, hijos. Familias, vecinos, amigos y enemigos. Y después, más humillación, más muerte y, sobretodo, miedo y silencio. El olvido por decreto. Hoy, setenta años después, el decreto continúa vigente. Sin embargo, el miedo y el silencio comienzan a resquebrajarse. El muro de contención rezuma lágrimas de sangre. La historia empieza a ser desenterrada. Como las miles de fosas sobre las que se asienta nuestra democracia y a las que tenían que ir clandestinamente tantos y tantos a depositar unas pocas flores a sus muertos.

La voz ahogada de los vencidos, de los perdedores, de los que cometieron el pecado de sobrevivir a la Guerra Civil Española. Cuarenta años de franquismo dedicados a aniquilar "la otra historia". En las cunetas de las carreteras y de la memoria. Después, treinta años de silencio, de sustento del miedo que esclavizó toda una vida de millones de personas.

La mayoría de los que la vivieron están ya bajo tierra. Murieron con la losa del silencio y de la humillación por panteón propio y del de sus muertos. Hoy, los pocos supervivientes que quedan y, sobretodo, sus nietos históricos reivindican conocer y que sean reconocidos. En una guerra todos son víctimas. Pero los golpistas y los que mataron a más seres humanos una vez instaurada la dictadura que durante la propia guerra, grabaron en la retina histórica su estatus de héroe vencedor. Los desaparecidos, los represaliados, los fusilados, los encarcelados, los huidos, los condenados a muerte, los guerrilleros antifascistas que aún hoy conservan oficialmente la categoría de bandonleros, los brigadistas internacionales que después fueron perseguidos en sus propios países, los familiares que tuvieron que convivir con los propios asesinos de sus hijos, esposos, padres sin poder preguntar si quiera por qué o dónde están. Esos, sólo vivir, sobrevivir y aprender a vivir con miedo. Y callar. Hasta hoy.

Un leve murmullo in crescendo. Unos pinceles desempolvando vidas arrebatadas a tiro de gracia. Un prado. Cinco fusilados. Un agujero de un metro cuadrado apenas. Unos encima de los otros. 1937. La fosa de Turanzas, en Llanes (Asturias). Ahora, los familiares escudriñan un pasado que por ser mutilado, nunca abandonó su presente. Arriba, aunque sólo a apenas un metro de sus padres, tíos, bisabuelos, sienten el vértigo de, por primera vez, sentirse completos. Todavía inmersos en un ambiente de clandestinidad, comparten, reconstruyen las vidas de los suyos buscando su propia historia y quizás, inconscientemente, el por qué de su orfandad. La necesidad humana de buscar la lógica, incluso cuando la única respuesta es la sinrazón. Sus miradas húmedas a veces son acompañadas de una sonrisa. "Aunque sólo sean los huesos, ahora podré decir: éstos son los huesos de mi padre" sentencia Rogelio Prieto, el menor de ocho hermanos, que jugaba con su padre cuando se lo llevaron. Mª Dolores sólo tenía tres meses cuando asesinaron a su padre. "Ahora puedo decir que tuve un padre".

Conocer lo que ocurrió no es destapar viejas heridas. Todo lo contrario. Es la única forma de que puedan curarse, de que pasen a ser cicatrices de nuestra historia. Conocer nuestro pasado no es sólo restaurar la dignidad y devolverles la voz a aquellos que se la taparon a punta de pistola. Es también dotar a la ciudadanía del conocimiento necesario para entender el verdadero significado de nuestra democracia, que sólo así podría dar el paso definitivo hacia la madurez, sana y fortalecida. A los hijos de los protagonistas no les contaron la guerra para protegerles y por miedo. En las aulas, sólo les contaron la historia que como arma propagandística diseñó el dictador Franco. A los nietos sólo les llegó una versión edulcorada, en el mejor de los casos, que la transición difuminó como parte del pacto del olvido y del perdón. Hoy, setenta años después, conocer nuestro pasado más reciente es la única vía para que esta sociedad haga suya esta democracia, valore los sangrientos y dolorosos obstáculos que hemos tenido que tumbar hasta llegar a ella y el papel activo que la ciudadanía tiene que jugar para protegerla y reforzarla. Sobre todo la juventud, que no por el tiempo transcurrido, apenas dos generaciones, sino por la barrera del olvido y del miedo, ha recibido un legado del cual, en su gran mayoría, desconoce el origen. La libertad. Conocer para actuar en consecuencia. Ésa es nuestra responsabilidad.

Patricia Simón

2 comentarios:

nico dijo...

vivimos el presente, un presente continuo que se escribe cada día, nadie quiere mirar atras, nadie quiere recordar, solo adelante, rápido, nuevo, joven... El pasado, ya pasó, olvidemos lo todo y sigamos adelante, siendo jovenes e inmemoriados, así no pensaremos, así no sufriremos...

besos desexiliados desde el corazón

Lolilla dijo...

Nos castigaron con un paréntesis deleznable que nos retrasó 50 años en la historia. Una España moderna y emergente de artistas en la vanguardia e intelectuales se fue al garete por la insidia de unos cuantos miserables. Que no nos quiten nuestra historia. Queremos saber. Tenemos que saber. Vamos a saber. Le pese a quien le pese.