24 de enero de 2008

Calcetines y campaña electoral

Ella miraba de reojo los calcetines calentitos que él le había regalado por Reyes mientras mojaba las galletas en la leche que aún esperaba el café que no terminaba de fluir de la cafetera. Ella nunca se hubiese comprado esos calcetines, aunque le gustaban. Sabía que él soñaba con verla andando descalza por la casa, desnuda como por la playa donde por fin se descubrieron mutuamente. Pero también él sabía que pese a mantener la casa norteña a una temperatura tropical -con el consiguiente gasto mensual y aporte al calentamiento global-, ella no había renunciado a dormir con calcetines -desnuda como en aquella playa, pero con calcetines-. Así era aquella relación, probablemente todas. Ambos cedían en los grandes asuntos y, sin embargo, los pequeños detalles, las insignificantes manías se alzaban como señas de identidad, más por pereza que por egoísmo.

Ella tenía uno de esos días de eterna duermevela. Había estado soñando todo el día con playas cálidas del sur donde abandonarse a las olas y a un favorecedor bronceado. Pero, en realidad, lo que más le apetecía era abandonarse con el libro que tenía en la mesita de noche desde hacía semanas. Cada noche lo abría, pero la conversación, el amor o el sueño vencían a la ansiada lectura. Esa tarde sólo le apetecía leer -y permitirse pequeñas interrupciones para deleitarse primero con un helado, más tarde con el mencionado café con leche... más tarde... sentarse a teclear las nimiedades que se le pasaban por la mente -mientras paralelamente rondaba a sus escritores y comunicadores más consultados, sus amigos y conocidos blogueros. Éste era uno de esos tics que consideraba que había cambiado más los hábitos de trabajo actuales.

Él ya había emprendido el seguimiento de la campaña electoral -a ella le sorprendía sus hobbies y a él le sorprendía que su admirada e inteligente compañera se decantase por el reality Fama antes que por el divertido "Sé lo que hicísteis la última..."-. . A veces, éstos eran los hábitos que los hacían entrañables ante el otro, otras, el desencuentro por que el otro no estuviese abierto a compartir tan "exquisitos" placeres.Y ambos se sorprendían de que uno de los momentos más anhelados del día fuesen esas sobremesas abrazados en el sofá... viendo la tele!

Esa tarde, ambos tenían tareas pendientes, deberes ineludibles. Pero la primavera vespertina de la que disfrutaban desde hacía días había concluido su excursión por el hemisferio norte y se había vuelto al amado hemisferio sur. Si la primavera se podía permitir esos lujos, se decían, por qué ellos no podían disfrutar de una tarde invernal. Él con su campaña electoral, ella con su respetada Doris Lessing. Cada uno en una habitación, pero ambos arropados por la cara calefacción que les acercaba a su añorada playa sureña. Y de vez en cuando, una visita a las habitaciones contigüas con calcetines, café en mano y un abrazo invernal.


3 comentarios:

Anónimo dijo...

que envidia..........

Pigmalion dijo...

¡Qué tendrán los calcetines que ninguna mujer quiere renunciar a ellos!

Ai dijo...

Jeejjeje... Yo también soy de calcetines, de ver fama, y de ansiar el libro que tengo en la mesita... Me falta el politico dando tumbos por la casa... XD!